jueves, 22 de diciembre de 2011

Abel Cestac en Salta

Por 1940 asomó la figura de un boxeador fenomenal en Buenos Aires, un gigante de 1m90, Abel Evaristo Cestac, pupilo de Luis Ángel Firpo (éste medía 1m92/6) y que, como aficionado, asomara y asombraba  por su tremenda pegada. Se decía que era pupilo de Firpo, o tal vez éste su padrino de campaña profesional; lo dirigía Manuel Cal, secretario de Firpo, según los pergaminos que presentaban al momento de promocionar las presentaciones del noqueador Cestac. Precisamente en marzo de 1942, la prensa salteña anunció la actuación de Abel Cestac, pupilo de Firpo. El martes 17 de marzo arribó a nuestra ciudad Cestac luciendo un record de 40 peleas, todas ganadas, 32 de ellas por nocaut. Lo acompañaba su manager Manuel Cal y su ayudante, de apellido Rubinic. El jueves 19, dos días más tarde, lo hizo su rival, el peruano Manuel A. López, campeón peruano de aficionados y de “excelente actuación en el Royal Boxing Club”. López portaba saludos del cordobés Amado Azar para la afición salteña y declaró “pienso ganar por nocaut”. López, en 1937, había noqueado al peruano Ulrich, muy conocido en el ambiente sudamericano.
Foto: Cestac, Firpo,el cuarto es Aníbal Imperiali (diario Crítica) y Nicolás Preziosa después técnico del Mono Gatica
  El combate se efectuó el sábado 21 de marzo, ante una cantidad impresionante de público. El porteño asombró al público cuando saltó al ring, apoyándose sobre la cuerda alta, demostrando su gran preparación física.
  Abel Cestac (105 kilos), de gran condición atlética, venció por nocaut en el segundo round a López (100 kilos). El fraude fue evidente, ante la falta de equivalencia entre los contendores, y el público esperó como una hora la salida de López para “lincharlo”, pero veamos lo que dijo “La Provincia” en edición del domingo. “La presencia de Abel Cestac en el ring era todo una garantía. Jamás el público de Salta había presenciado la figura de un  boxeador de la juventud y vitalidad de Cestac, en un estado perfecto en un pugilista que se presenta a cumplir su compromiso profesional ante el público que pagó su entrada.
  “En cambio la presencia de Tomás A. López era de lo más triste y lamentable. Daba la impresión de un montón de grasa. Un  hombre con voluminosa barriga y sin la insinuación de un músculo. Si alguna vez López fue boxeador, debe haber sido en la época ante diluviana. La presencia de López nos trajo al recuerdo la del ilustre padre de familia que ante el dilema de ahorcarse o de “vender el alma al diablo” para ganar el pan para sus hijos, optó por lo segundo. Era un hombre desesperado que aceptaba subir al ring mediante el pago de 500 pesos y que, para retribuir esta atención del dinero, declaró que iba a vencer a Cestac por nocaut, para atraer más público”. El recordado don Andrés Mozota evocaba, jocosamente, que el “turco que vendía las entradas en la verja del club, tomó la caja con el dinero y desapareció”. Agregaba “Cestac se desplazaba en auto por el país y enviaba a su rival en tren para crear mayor expectativa. Lo dirigía Manuel Cal y el que arreglaba todo era Aníbal Imperiali, periodista de Crítica. Peleaba como aficionado, pero ante rivales inexistentes. En la Federación Argentina de Box supimos que iba a combatir con un chileno en San Juan, lo que aprovechamos para declararlo profesional. Cestac, al momento de pasar al profesionalismo, contaba con 50 combates. Después se fue a Estados Unidos”. La Sociedad Sirio Libanesa había anunciado en octubre de 1941, la instalación de un ring en su predio, y muchas comodidades para los espectadores. Duró poco tiempo como escenario, pues en marzo de 1942, le dijo adiós al boxeo luego de la experiencia vivida con Cestac-López. “Abel Evaristo Cestac nació en Carlos Casares (Buenos Aires) el 25 de agosto de 1918. Debutó como profesional el 27/07/1945 perdiendo por puntos en diez asaltos con John Thomas, en Nueva York. Último combate: 10/08/1956 en Viena (Austria) donde perdió por puntos en 8 asaltos con Wilson Kohibrecher. Su récord profesional es de 56 combates, con 39 ganadas (34 por KO), 15 derrotas y dos empates”. (Julio Ernesto Vila, fascículo 22, febrero 1998)
Muerte de Cestac. “El colega de Pehuajó (Buenos Aires), muy conocido en su zona, Roberto F. Rodríguez, nos hace saber de la desaparición del ex peso completo Abel Cestac, a quien recordamos oportunamente. Cestac había fijado su última  residencia en Grecia donde falleció el 15 de enero de 1995 sin que la prensa de Buenos Aires se hiciera eco del suceso. La noticia apareció en el diario “Noticias”, de esa localidad bonaerense, dos días más tarde. Su historia, resumida y publicada de su paso por los rings, se cierra de esta forma”. (“20 campeones y una leyenda”, de Julio Ernesto Vila, fascículo 16, diciembre 1997.)

Firpo, el “toro salvaje y Locche el “intocable”


El “Toro Salvaje”

  El 11 de octubre de 1894 nació en Junín, Buenos Aires, Luis Ángel Firpo, probablemente el primer ídolo popular del deporte argentino. Surgido del Internacional Boxing Club, donde debutó como profesional en 1914, su descomunal fuerza y su guapeza le permitieron desarrollar una carrera inusitadamente exitosa que tuvo su momento más glorioso nueve años después, el 14 de septiembre de 1923. Ese día, en el estadio Polo Grounds, de Nueva York, ante 80.000 espectadores, cuatro minutos le bastaron para entrar en la historia mundial. Jack Dempsey, el campeón de los pesados, lo había derribado ya ocho veces cuando, restando medio minuto del primer round, Firpo lo sacó del cuadrilátero con un golpe de izquierda, sin embargo, el árbitro permitió -contra el reglamento- que se reanimase, y la pelea se reanudó. Al minuto del segundo round, Firpo cayó por novena y última vez a la lona. En 42 peleas, su récord es de 31 victorias (26 antes del límite), 4 derrotas y 7 sin decisión. Se retiró definitivamente en 1936 y falleció el 7 de agosto de 1960. (Biografía, Correo Argentino)



El Intocable

  El 12 de diciembre de 1968, en el estadio Kuramae Sumo, en Japón, un púgil mendocino derrotó por abandono a Paul Takeshi Fuji y conquistó el título de los welter juniors de la Asociación Mundial. Cuando llegó a Buenos Aires, 25.000 personas lo ovacionaron en el Luna Park, y en Mendoza una multitud aclamó su paso sobre una autobomba. Se llamaba Nicolino Locche, pero por los formidables reflejos y una intuición inigualable para esquivar los golpes le habían valido el apodo de “Intocable”. En su debut profesional, el 11 de diciembre de 1958, derrotó a Luís García en el segundo round, y hasta su retiro definitivo, en 1975, realizaría 108 combates profesionales, con 103 victorias (solo 14 por nocaut). Su virtuosismo en la defensa lo hizo favorito del público y de la crítica especializada. Nació el 2 de septiembre de 1939 y falleció el 7 de septiembre de 2005. (Biografía, Correo Argentino)

miércoles, 21 de diciembre de 2011

“El boxeo es pelea de mulatos y para mulatos”

  Amanecía el año 1927 y el día miércoles 5 de enero (Nueva Época), víspera de Reyes, Baltazar, el rey negro, ya les había dejado un hermoso “regalo” a los amantes del boxeo por anticipado. Ese día, un concejal, presentó un proyecto de ordenanza que consistía en “gravar en un 50% a los espectáculos”, porque “el boxeo es una pelea de mulatos y para mulatos”. Los primeros en reaccionar, fueron los promotores quienes, papeles en mano, demostraban que los festivales eran deficitarios. “Yo loi perdío cien mangos”, acotó uno. Otro tenía a los narices chatas en la puerta de su casa, haciendo “cola”, tratando estos de verles la “bombacha a la iguana”, tras aplicarles el letal “empatil” el promotor a los changos. Un cronista escribió: “y pensar que ese buen señor ha venido de tierras lejanas a cobijarse bajo el suelo de los mulatos, a los que pretende degradar...” En la historia del boxeo salteño se registran miles de anécdotas, siendo éste uno de los deportes que más alimentó las “comidillas” en boliches, bares y confiterías. Y para muestra... “al boxeo hay que ir con paragua o sentarse lejos de los rincones, porque los que atienden boxeadores les tiran baldes de agua que nos mojan a nosotros”. Pensar que en esos tiempos se ponía una lona sobre las tablas y nada más. ¿Fieltro?, ¡cápita!, ¿qué loé eso Carcaj?, manifetateló bien ¿querí?”, diría azorado Centurión, el que por esas cosas de la vida, bajó de la “popu” -donde entraba “colado”- a la primera fila del ring, con un secretario al lado que le sostenía el cenicero para su impresionante toscano. Cosas de la “diosa fortuna” cuando se enamora de alguien, como en este caso del mentado Centurión, el personaje que ganó el Prode “preñado” ocho veces, y eso le cambió la vida”.

Boxing Club

  En 1912 no se conocía el boxeo como deporte activo en Salta, pero existían varios aficionados que lo practicaban, por sí las cosas. Se reunían en la Peña de Boxeo, un gimnasio que montaron en los fondos de la confitería y café Jockey Club, Zuviría 62. La guardia de los boxeadores, posta, “era a la antigua”, al igual que los pantalones (Foto). Pero los muchachos de antaño no perdieron el tiempo y el sábado 24 de agosto de 1912, le dieron vida al Boxing Club. Presidente resultó el doctor Carlos Aranda, al que le decían “mono”; vice, el doctor Luis Diez; secretario, Enrique Sanmillán y pro Víctor M. Sosa; tesorero, Nabor J. Frías, y vocales: Arturo Gambolini, Ricardo Zorrilla, Abel Arias Aranda, doctor Ernesto Solá, doctor Carlos Outes, Federico Uriburu y Nolasco Arias Costas. Pero este Boxing Club no ofrecía espectáculos boxísticos por carecer de aficionados dispuestos a estropearse las narices “gratis”. Y más adelante, Hurgando siempre el Carcaj, daremos a conocer el nombre del primer campeón salteño de boxeo. Ojo que se van a llevar una sorpresa y bien grande. El doctor Carlos “Mono” Aranda resultó el primer presidente oficial de la Liga Salteña de Fútbol en el año 1921. Hombre con mucha dedicación al quehacer deportivo, en ninguna información lo mencionan como empleado en algo. Bueno, sí, era abogado y con el título se vivía muy bien por aquellos años.

Desde el Incanato una mina boxeadora

  La mujer, el boxeo y aquella sentencia del comediógrafo, probablemente cartaginés, Afer Terencio (195, 159 a. C): “Nada de lo que es humano me está prohibido”. Por febrero de 1930 aterrizó por Salta, para escandalizar a la sociedad, una peruana de armas llevar. Hablamos de un poco más de ocho décadas ya, escuchen bien, seguidores de Carcaj. Y los salteños de entonces, en especial los veteranos, conocidos como “verdecitos” como la “coca” también, tenían la oportunidad de apreciar “en vivo” las poderosas “chuncas” de la pugilista inca, quién luciría riguroso pantalón corto, pero, ¿y arriba?, igual que ahora parroquianos, igual que ahora, cuidado se les salte la cadena. La publicación expresaba que “Lía Saint Román ofrecerá esta tarde una exhibición con Filiberto Pizarro (peruano, radicado en Salta), en el gimnasio Belgrano, entre Balcarce y 20 de Febrero”. En India, hasta el Mahatma Gandhi, un gran liberal, al referirse a un combate de boxeo entre dos mujeres, hermanas, y para colmo de males, de la alta sociedad o “casta”, lo llenó de desesperanza. Mahatma (“alma grande”) calificó el hecho como “algo degradante, despreciable y totalmente indecoroso y contrario a los instintos refinados de la mujer”. Mahatma murió asesinado en 1948 por un fanático de la secta Brahman, perteneciente todos estos a la casta superior de la India, encargada de la función sacerdotal. Pero, ¿qué produjo el rechazo del Mahatma? La información del 24 de marzo de 1931, originada en Madrás (India), decía: “Las hermanas Kamala Bai y Sita Bai, en mérito de haber tomado parte en un match de boxeo realizado durante las fiestas de carnaval, corren el riesgo de ser rechazadas por la alta sociedad (casta superior) a la que pertenecen. El espectáculo brindado por ambas hermanas escandalizó aún a los hombres hindúes, quienes, durante más de dos siglos han mantenido a sus esposas e hijas, en un estricto aislamiento”. (Para la gran muchachada del boxeo eso significaba tener a las mujeres “concentrada en el rancho, cocinando, lavando, atendiendo a lo crío y aminitrando lo poco mango que le deja el negro ocioso i’marido que lo tienen”.)
  El jueves 27 de febrero de 1930, se efectuó la mentada exhibición de boxeo, que conmocionó a la pequeña ciudad de Salta de esos años. A las 5 de la tarde, no cabía un alfiler y la algarabía reinaba entre los aficionados locales. El negro peruano Filiberto Pizarro era la estrella de la tarde entre los varones. El zurdo boxeador que deleitaba al público antes de la pelea con sus festejados bailes, se las vio primero con Silvano Chávez Castellanos en tres round académicos, para hacer lo mismo en seguida con Rosario Sanguedolce. Y llegando el momento más esperado de la jornada, la peruanita inca se calzó los guantes de seis onzas, mientras que a Filiberto, su “paisano”, le dieron unos grandotes de “veinte” onzas y no faltó el negro ocioso y pícaro de los que abundan en todas partes, con una “salteñada”: “negro eso lo son lo almuadone il clú i’lo cholo”. La crónica expresa que en el primer round “... Lía entró en juego y atacó a su rival” con una lluvia de golpes de ambas manos, llegando todos a destino con bastante precisión. Fueron dos round muy aplaudidos. Después Lía realizó un round de bolsa, cosechando aplausos”.
  “Y como dijo el opa Guarida, sobre el pucho la escupida”. Para que la mujer salteña no quedase mal parada ante la apuesta dama deportista peruana, saltó las cuerdas la salteña María Magdalena Arjona (esa que “apenita soy Arjona”), para desafiar a la visitante a un combate “a sangre”, como en los “encuentros” de comparsas, donde la Arjona había participado en la de Campo Caseros, en el papel de “cautiva”, pero que al momento de los “encuentros”, los changos liberaban a la “originaria” y a ponerse a salvo de ella. La exhibición femenina quedó convenida para el sábado 1º de marzo, dos días más tarde de la sensacional y aplaudida actuación de la visitante.  Y 80 años más tarde nos preguntamos: ¿se habrá realizado?, ¿fue la Arjona la primera boxeadora salteña? Todo un misterio, aunque por entonces valía la pena averiguar si la mentada Arjona era casada, y si su esposo era el sparring. Eso de realizar en desafío “a sangre”, le devenía a la Arjonita, dama representante de los “pueblos originarios”, por sangre, de hecho; muchos de sus antepasados habían combatido fieramente a los “conquistadores”, aunque vanamente, pues estos, como decía el famoso mestizo “Paladar Negro”, eran “invasore con “sombrero i’fierro y saco i’acero” y la flecha se lo doblaban”. Quienes vieron la demostración técnica de la belleza inca, finalmente, dejaron de lado a la Arjonita, sugiriéndole que vuelva a la cocina a “pelear” con los platos, ollas, locro, mote, tamales, empanadas, guisadilla y otros manjares, y de paso, a lavar ropa. El promotor o promotores -solemnes maestros del “empate” y soberbios mentirosos como políticos hasta la actualidad-, ni bien lanzó el “desafío sangriento” la Arjonita, la “serenaron” programándole la pelea para el sábado en que se iniciaba marzo, el mes de los “Idus”, tan vieja costumbre ésta, que nadie supo explicar jamás que significaba eso. Después aparecieron otros meses con “Idus”. Entrevistada la “originaria Arjona” se expresó muy suelta de lengua: “yo al negro ese que loa pelíao con la mina esa, lo sacudo en do patada y lo rámio i’la mecha por medio i’la siya. A esa mina se l’hago abrilo l’uña bien lo suene la campana esa que utede se loan choríao a lo cura l’iglesia”. Sabios los promotores-políticos de antaño, conocedores del “uñaje” de toda laya, abrieron  el paragua antes de la lluvia, porque en una de esa la originaria Arjonita “apenita”, podía incendiar la ciudad.

Confiteria "El Aguila" en 1921


  El boxeo en Salta no sólo concentraba a los aficionados en el Victoria, o en algún improvisado estadio; también las películas convocaban a los amantes del deporte de los puños. En la confitería El Águila, de Mitre 83, el domingo 13 de noviembre de 1921, se exhibió en tres sesiones la película con el combate entre Jack Dempsey y el francés George Carpentier. El Águila era agente de la compañía cinematográfica de Max Gluman.

Desde Rosario de Lerma un “griego”

  Allá por los años veinte, cuando el boxeo provocaba furor entre los aficionados cruzó las cuerdas del ring para colocar un “pollo de raza”: Juan Dolin, el “león de Rosario de Lerma”. Lo curioso del caso es que a este Dolin lo presentaron como griego, checoeslovaco y de otras extrañas nacionalidades, como “persa” por ejemplo. El sábado 28 de abril de 1923 fue anunciada la pelea en el estadio Firpo (Córdoba y San Martín): Juan Dolin (78 kilos y 22 años, griego) con Carlos Iglesias (79 y 25 años, argentino). No hubo resultado publicado. El mentado Dolin no era otro que Juan Cvitanic, yugoslavo, que vino desde Iquique (Chile) a comprar mulas en Salta. “Se ponía un pseudónimo para que sus patrones chilenos no se enteren de que boxeaba”, contaba su hijo Yosko. Después se quedó en Salta donde dejó a su descendencia. Cvitanic o Dolin, hacia fines de la década de 1940, era propietario de la confitería Jockey Bar, en Zuviría 84, además de proseguir con su actividad minera.